9 de febrero de 2017

Seremos nada

La carta que encontraron junto a su cuerpo, en la que dejó escrito que nadie era responsable de su muerte, es lo que me ha librado de la cárcel. Que piensen lo que quieran, que hagan lo que crean más adecuado, sé que yo fui quien la mató, quien durante años le minó dándole motivos y razones para querer acabar cuanto antes, quien empujó la mano con la que no dudó en abrirse las venas hasta que la sangre brotase.
Nadie la ha querido más y, también, nadie la ha hecho más daño. Jugué sin pudor con sus sentimientos sólo para sentirme amo y señor de todos sus actos y, ahora que ya no está, me doy cuenta de que sin ella no he sido ni seré nunca nada.
Creo que voy a seguirla. No quiero que se me escape.  

8 comentarios:

  1. Cuantos casos como este deben de haber en la vida.
    Saludos.

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  2. Ay Luisa, que no me quieran así. Genial micro, confesión incluída. La condena la lleva impuesta.

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  3. Hay amores que más parecen condenas.
    Buen relato, Luisa.
    Un abrazo

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  4. Gracias por pasaros por aquí, un blog que empieza a ser una rareza

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  5. Me ha gustado, bien desarrollado y buen planteamiento.

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