27 de junio de 2016

Animalización

Durante toda la noche (una fría y sin estrellas, como parecen que lo son todas desde que decidiste irte) el perro (el que te regalé, el que te negaste a llevar contigo cuando te fuiste, el animalillo lloroso, baboso y lleno de manías absurdas que no educamos nunca) no paró (como tampoco yo paro de pensarte, de odiarte, de echarte de menos, de quererte, de decirme que no, que ya no, para volver a empezar a darle vueltas y a pensarte) de ladrar (algo que me gustaría poder hacer yo, ladrar, aullar, gritar en la noche el dolor de tu ausencia, sentir que los otros me responden, hablar del amor y del desamor, dejar de sufrirte solo, de quererte solo, de echarte de menos solo; alborotar y que llegue a tus oídos y que alucines y que pienses, sólo una vez más, si hiciste bien en irte, que pienses y te convenzas de que has de volver, de que estamos mejor juntos).
Durante toda la noche el perro no paró de ladrar.
Y yo, en silencio, como siempre.

2 comentarios:

  1. Cada uno expresa los sentimientos a su manera; a veces se entremezclan entre ellos, coexiste uno y su contrario.
    Buen relato, Luisa
    Un abrazo

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  2. Lo que está entre paréntesis no existe más que en la interpretación y sensación, muy personal, del narrador. Lo único cierto es que hay un perro que no para de ladrar en esta historia, y que acompaña su silencio. Buen texto.

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