Eran abuela, madre, hija y tía o, quizás cuatro amigas,
no es importante.
Desde el interior de la casa veían pasar la vida,
asistían a los paseos y a las carreras, a las zancadas y a los pequeños
atascos, a los asaltos y a las cazas. Con el corazón en un puño esperaban y
deseaban a un tiempo: internarse en la acción y permanecer al margen.
Sin embargo para ellas, las fichas verdes del parchís,
como a nosotros nos pasa, la suerte no atiende a razones, oraciones o ruegos.
El azar depende solo y exclusivamente de la cara por la que el dado caiga.
Más concretamente en su caso y como viene siendo
costumbre, han de entrar en acción en cuanto sale un cinco. Mientras que
nosotros, dueños de las manos que mueven sus dados, el comienzo de la partida
se produce al nacimiento si bien en algunos casos el inicio de la vida puede
llegar a retrasarse durante años.
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