Era un excelente orador pero se acostumbró con
demasiada rapidez a los vítores y los aplausos; y, buscando enardecer cada día
un poco más a su público, fue alterando el discurso. Cuando se quisieron dar
cuenta eran marionetas en sus manos y él se había convertido en aquello por lo que
los libros de historia lo recuerdan: un dictador.
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