Cuando volvemos mi hermana y yo del cole y entramos en
casa, madre sale a nuestro encuentro pidiéndonos con un gesto que no hagamos
ruido. Eso solo puede querer decir que padre volvió de una de sus juergas de
madrugada y ahora duerme. Avanzamos por el pasillo con cuidado cuando oímos
cómo en la cocina, donde se hace la comida para el monstruo, lo primero que este
reclamará, se cae y estalla un plato. Inmediatamente después llegan los gritos,
los insultos y golpes; momentos en los que mi hermana y yo solemos escondemos bajo
la cama. Sin embargo, nadie lo habría adivinado, el vaso de la pequeña estaba
colmado y veo cómo se levanta, avanza hacia los rugidos, los acalla con su
presencia insignificante y una vez a los pies del gigante empieza a golpearlo
con saña; mi madre y yo nos miramos atónitos y descubrimos juntos que el miedo
ha sido sustituido por algo que no sabemos nombrar y nos empuja a unirnos a nuestro
David para maltratar al hombre con furia, molerlo a palos, gritando histéricos,
hasta que aparece el cuchillo que se entierra en el vientre correcto todas las
veces necesarias y nos devuelve la calma.
(microrrelato escrito para esta propuesta)




