—Sale
más barato volver a querernos que mudarnos —dijo, rompiendo el silencio en el
que estábamos inmersos.
Y fue así como volvimos a hablar, sonreír, tocarnos,
besarnos, llegando incluso a casarnos y quedarnos embarazados.
Todo era como había soñado hasta que un día ella, con
nuestra hija en brazos, volvió a recordarme aquella frase:
—Querernos fue lo barato entonces, pero ahora —añadió,
entregándome unos papeles— tengo un negocio boyante entre manos.

