—¿Quién ha sido? —preguntó nuestra
madre aquella primera vez al descubrir la bailarina de Lladró hecha pedazos en
mitad de la entrada.
Ninguno de los dos dijo nada, ni
entonces ni más adelante; nunca lo hicimos, a pesar de las amenazas, los gritos,
los azotes en las nalgas y los castigos cada vez más grandes. Él hacía la
trastada y yo callaba.
Crecimos y con el tiempo sus
travesuras se hicieron más graves, aunque quizás hubiese sido lo correcto
llamarlas de otro modo y haber abierto la boca antes, al menos cuando nos
metieron en la cárcel. Afortunadamente, ese no fue su único error de cálculo:
él la emprendió con uno de los presos y yo callé que su víctima era el amante
del matón que dominaba aquellos lares.
Hoy, tras perder a mi hermano cosido
a navajazos, habiendo salido de la cárcel por buen comportamiento unos años
antes, he de confesar que me aburro, me siento solo y quizás, de vez en cuando,
algo culpable.
(microrrelato escrito para esta propuesta)

