Yendo hacia la cocina, al pasar
junto a la puerta, creyó oír ruidos en la escalera. Curiosa, se acercó con
sigilo a la mirilla y descubrió al viudo del sexto paseando nervioso, dudando,
mordiéndose las uñas, mirando hacia su casa y acabar, con la cabeza gacha,
metiéndose en el ascensor. Comprendió entonces que, cuando alguien toca un
timbre, ha de estar listo para que lo vean. Su vecino no lo estaba pero, días
después, tras maquillarse de forma discreta y hacer una tarta, es ella quien
sube al sexto, toca el timbre y sonríe coqueta.
(microrrelato
escrito para el XVII Premio de Microrrelatos "Al otro lado de la
mirilla" convocado por las Bibliotecas Públicas de Madrid)
No hay comentarios:
Publicar un comentario