Un día, ya
entrada en años, en el vestíbulo de un edificio público, recuerdo esa imagen de la que nunca he hablado.
Tengo quince años y medio.
La niña blanca está en el transbordador del Mekong,
lleva un vestido de seda, unos zapatos de lamé de tacón alto y un sombrero rosa
de fieltro. Hace tiempo que los hombres la miran, como hace él ahora. Es chino,
es rico. Se acerca, tiembla porque ya la ama, porque se sabe perdido. Desde ese
momento, su limusina la llevará al apartamento en el que obtendrá el placer que
llega al grito. Un año y medio sin futuro alguno, con la piel como fin y
camino, durante el cual el amante no va a dejar de amar ese cuerpo pequeño que
aún está por definirse. Él habla de su padre, quien no comprende y le prohíbe
esta pasión por la niña blanca; ella le habla de las mudanzas, de los hermanos,
del que les roba y del que teme siempre. Hasta que la despedida se acerca y el
dolor inhabilita al amante; hasta el día en que, ya a bordo del barco que la
llevará a Francia, descubrirá la limusina despidiéndola silenciosa desde el
muelle. Será más tarde, durante el viaje, cuando la niña llore y estalle y se
pregunte si también ella ha amado a su amante, si quizás lo ha amado sin
saberlo.
Una vida después, tras los libros, las guerras, los
matrimonios y los hijos, él viajará a Paris y la llamará. “Soy yo”. La voz
vuelve a temblarle para decirle aquello que le dijo siempre, que nunca podría dejar de amarla, que la
amaría hasta la muerte.