29 de junio de 2015

Posts con tuits (3)



            



*Cuando levantó los ojos descubrió que el aire había sido testigo y que le delataba al teñirse del color de la sangre.


*Se me puso una nube en los ojos. El médico, tras decirme que no eran cataratas, me confirmó, no obstante, que estaban cargados de lágrimas.

           
            *En el cielo de su paladar creyó ver un pequeño sol. Ahora sólo quiere apagarlo, con la lengua, llegado el caso.


*Habían cambiado desde que eran pareja. Ayer lo vieron. Sin voces o reproches, hubo ausencias y sorpresas.
Hoy son otros y siguen juntos.


*El menú de los tiburones para hoy es mujeres y niños de primero.


*Descubrió, demasiado tarde, que lo mismo que hace que un paraguas sea inservible frente a la lluvia, lo inhabilita como barco.


            *Faltaba el agua pero, por todo lo demás, se sentía náufrago. Solo, muy solo, en aquella isla que era la vida, tan concurrida por otro lado.



            *El edificio, en su quietud, capturó al gigante en una instantánea.


*Siameses
Tras una noche inolvidable, cuando se despertaron, descubrieron que el deseo había cosido sus cuerpos haciéndolos inseparables.


*La naturaleza, para compensar la carencia de alas, dotó al hombre de imaginación.


26 de junio de 2015

La marcha







           Aquella mañana amaneció con un silencio, un silencio distinto que costó empezar a escuchar. Quizás demasiado sutil en un principio, hubo que esperar a que creciese, a que las levedades se sumasen y se convirtiesen en marea, del mismo modo que los granos de arena, juntándose durante vidas y siglos, un día conquistan el nombre de playa y reciben las visitas de los niños. Sí, justo así, leve, delicado y pequeño, pero en todas las partes y a la vez, amenazando con llenarlo todo.
           Ocurrió ayer.
        Los hombres, anulados los sentidos, con la cabeza gacha, queriendo no ver y no oír la vida que les había tocado vivir, queriendo incluso olvidar que estaban vivos,  tardaron en levantar la cabeza, en ver y sentir ese silencio hermoso, en comprender cuán lejos estaban de todo aquello, cuánto habían perdido y, también, cuánto necesitaban y querían volver a estar ahí.
            Una variopinta marea de lápices y bolígrafos, de estilográficas y pinceles, de tubos y receptáculos con pinturas de todo tipo, recorría las calles de la gran ciudad. Seguidos de papeles, láminas y cuadernos, soportes de todo tipo con los que ser  pancartas y en los que leer consignas. Y detrás, una nube de cables, de impresoras y  teclados. Todos marchando en silencio, frente a esos hombres que al fin habían levantado la cabeza y observaban y empezaban a recordar y a entender.
            Los objetos reclamaban la libertad de expresión, en el más amplio sentido de la palabra; pedían que las manos que los utilizasen no tuvieran ni pólvora ni sangre ni miedo; y algunos hombres supieron que tras aquella marcha silenciosa estaba quizás su última oportunidad.

(microrrelato publicado en la antología “Ilustraciones historiadas” de “Cuenta que te cuenta hasta 150”, acompañando y escrito para la ilustración nº 2; podéis ver el resto de premiados aquí)

22 de junio de 2015

El empujón


El ama de casa abrió el cajón de la ropa blanca y empezó a rebuscar en el fondo, donde estaban las sábanas que hacía años que no usaba, aquéllas que había decidido convertir en trapos.
No muy lejos, sin perder detalle, desde su escondite entre los muros de la casa, los fantasmas veían con estupor cómo la mujer, la que tanto y tan bien habían asustado, los estaba dejando desnudos, reduciéndolos a la insignificancia. Impotentes, se miraban intentando asumir que el miedo que la habían inoculado era el estímulo que la estaba obligando a trajinar todo el día, buscando desesperadamente cansarse, realizando tareas tan absurdas o tan peligrosas como lo que ahora estaban mirando.
Esa misma noche, mientras la mujer dormía, los fantasmas iniciaron su particular diáspora, salieron en busca de esa tintorería con la que siempre habían soñado, huyendo a prisa y en silencio de las poco favorecedoras sábanas ajustables.

15 de junio de 2015

La luz de la luna


            Era una bochornosa noche de verano.
Habían pasado unas tres horas desde que se acostó, según el reloj del vecino, e intentaba permanecer inmóvil, mantener la mente en blanco y respirar de forma pausada mientras llamaba al sueño, el mismo que se deslizaba sobre él como las gotas de sudor resbalaban hasta perderse en los pliegues de las sábanas.
           Calor. Sudor. Sudor. Calor. Y el tiempo.
            Oyó las cuatro y decidió levantarse. Otra noche más, otra ducha, un sorbo largo de agua y un paseo por la casa.
            En el otro extremo del pasillo estaba la terraza. La luz de la luna la inundaba, dándole un extraño aspecto lechoso, mágico, y se introdujo en ella con el mismo respeto y silencio con que los fieles entran en una iglesia en la que la misa ya ha empezado. Se tumbó sobre la vieja hamaca, se estiró y cerró los ojos.
            “Un buen baño de luz de luna”, se dijo, “eso acabará con todo, con el sueño, con el calor, con el cansancio”, mientras empezaba a sentir el agradable cosquilleo del sudor secándose. Sí, aquello era lo que necesitaba. La luz de la luna acariciándole, refrescándole, tranquilizándole, haciendo que se olvidase del mundo, que el mundo se olvidase de él, apoderándose de su cansancio, de sus músculos, como si flotase, como si estuviese evaporándose.
Al día siguiente la tumbona estaba intacta y él efectivamente ya no estaba.

12 de junio de 2015

Cuernos

Sobre el largo silencio vuela el eco leve de unas palabras dichas en un susurro, y bajo su peso dos miradas, una cargada de preguntas y otra de dolor, mirando por primera vez en direcciones distintas.

8 de junio de 2015

Sin pistas


En ocasiones, supongo que cuando la investigación no avanzaba, recibía la visita del jefe de policía.
Llegaba, me hacía algunas preguntas y yo, pobrecita de mí, para no decepcionarlo, le contaba cualquier historia, susurraba unas palabras enigmáticas, daba un par de descripciones más o menos vagas, mencionaba algún lugar común, o incorporaba un pedazo tomado de un libro o de una película.
Nunca he sabido a qué conducía todo aquello, en qué podía servir o si realmente  servía. Lo cierto es que desde aquí, desde el fondo de esta bola de cristal, puedo ver bien poca cosa.

1 de junio de 2015

Rebosante

El vacío que ella le había dejado se fue haciendo tan profundo y tan grande que llegó un día en que mereció la pena dar el último salto.