Sé que muchos amigos pensaron que
nuestro matrimonio estaba roto el día que dejamos de hablarnos y empezamos a
dormir en habitaciones separadas. Sin embargo, siempre pude decirles que, a
pesar de las apariencias, nuestra comunicación era fluida y constante: él
dejaba algunos pósits en los sitios comunes y yo le contestaba del mismo modo.
No negaré que hemos pasado por momentos difíciles como cuando él, supongo que
en un arrebato, tiró todos los papelitos amarillos con mi letra y yo en justa
respuesta eliminé los suyos; una discusión que transcurrido el tiempo casi
podría considerarse una limpieza general; pero también, siendo justos, es
preciso comentar que nuestro diálogo mejoró de forma sustancial cuando él
incorporó una fecha a sus notas y yo le secundé, feliz por poder darle la razón
en algo y estar de acuerdo por una vez.
Por eso no lograba entender su
silencio estos últimos días hasta que, harta, esta mañana decidí romper el
pacto y entrar en su habitación, donde lo encontré tieso como la mojama con un
pósit pegado a los labios y un punto en él.
Y aquí sigo, sin saber qué o cómo le
puedo contestar, en blanco.