Al otro lado de la ventana está ella,
sentada en la cama, llorando. Al verla no puedo evitar pensar que lamenta que
hayamos discutido y que ya me echa de menos, que acabará llamándole para
dejarle y volver conmigo. Es apenas un segundo pero veo mi futuro como mi
pasado, junto a ella, aun cuando sienta en mi mano el tacto de los papeles del
divorcio.
Concluyo, no obstante, que he vuelto a
precipitarme, que no debí cerrar de golpe la puerta de la habitación y abrir la
de la terraza, que si no me hubiera tirado ahora no estaría cayendo como hago.







