En cuanto aquella inquietante mujer salió por la puerta, Eva entró en el despacho de G. como un torbellino:
-¿Qué quería ésa? Espero que no le hayas hecho el rendibú.
-No, no se lo he hecho; pero… ¿a qué viene ese comentario?
-¿Qué quería?
-Me ha pedido que le ayude a encontrar a su hijastra.
-¡No me lo puedo creer! ¡Lo que me faltaba por oír!
-¿Se puede saber qué te ocurre, Eva?
-No me digas que no la has reconocido. Es la madrastra de Blancanieves.
-Sí –dijo G. tras comprobar sus notas-, quiere que busque a una tal Blancanieves pero… ¿cómo lo sabes tú?
-G., por el cuento, lo sé por el cuento. ¿Cómo no lo sabes tú?
-No sé mucho de cuentos.
-Es un cuento infantil, todo el mundo lo conoce.
-Yo no.
-No me lo puedo creer. ¿Cómo es posible?
-Mi hermano y yo nos enfadamos, dejamos de ajuntarnos e hicimos separación de bienes. Él se llevó los cuentos y yo, los Madelman.
Eva abrió lo más que pudo esos preciosos ojos suyos, suspiró y dijo:
-La madrastra busca a Blancanieves para cargársela, así de simple.
-¿Cómo?
-Tienes que llamar a la policía, G., ya te contaré el cuento otro día.
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Esta
entrada es una continuación de todas éstas: